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sábado, 17 de abril de 2010

XI. DE VUELTA A CASA

Mientras iba en estos pensamientos, contemplaba el paisaje de vuelta a Irumendi. La subida del valle en esa hora del día por la ladera del monte Orokorri permitía perseguir el sol mientras se ocultaba. Cuando el sol no era tapado por las nubes, podía calcularse el tiempo que tardaría en hacerse de noche mirando por una ventana desde casa de D. Francisco. Si se miraba desde la entrada del comedor, de pie, cuando se empezaba a ver el sol caer a través de la ventana, era el momento de volver al caserío. De esta manera, la salida de la aldea y el inicio de la subida por el monte hasta llegar a la hacienda de Irumendi se podía realizar con luz suficiente. A los terrenos del caserío se entraba desde la parte alta del monte Orokorri, se atravesaba una pequeña porción de bosque, de apenas cien metros y se hallaba ya en el campo abierto perteneciente a Irumendi. Desde allí todavía había que recorrer kilómetro y medio más, pero al ser terrenos del caserío, sin bosque, no requerían de luz solar. Con poco que brillara la luna, iluminaba lo suficiente para llegar hasta casa, sin tropezar con una piedra o un tronco de árbol. Todo esto en el caso, no demasiado habitual, de que hiciese sol. De no ser así, oscurecía antes y la falta de luz y la posible lluvia resultaban peligrosas. De hecho, ya había quedado algún foráneo desorientado en mitad del bosque hasta la mañana siguiente, siendo encontrado en lamentable estado por la ansiedad y el frío pasado durante la noche.
Josemari terminó de perseguir el sol en el alto del monte Orokorri, después de los treinta minutos de subida habituales y se adentraba en el bosque camino del caserío. Diez minutos más y se hallaría con Aita, Inaxio y tía Lourdes, quienes estarían ya a punto de irse a dormir para empezar el lunes con la rutina semanal.
Mientras caminaba por el terreno que le llevaba hasta Irumendi, sintió como si todos los seres que encontraba su alrededor, árboles, pájaros y hasta las ovejas y vacas del establo lo observaran, lo sintieran y lo apoyaran. Todos ellos le decían que si triunfaba en su aventura, sería como si ellos triunfaran con él. Le decían que si no llegaba a sentirse triunfador, que volviera, que allí lo recibirían como alguien capaz de emprender lo que los demás sólo sueñan y no se atreven a iniciar. El tiempo que tardó en llegar al caserío le sirvió para cargarse de energía, para convencerse de que él iba a hacer grande a Irumendi, a Lekaroz y a todo el valle. No podía fallar a los suyos y no lo iba a hacer. Y además, su madre iba a estar siempre con él.
Cuando llegó delante del caserío, se paró un segundo para contemplar el nogal de la entrada. De un nogal como ése procedía su apellido. En algún lugar de habla en euskera, alguien había llamado a sus antepasados los de “debajo del nogal”. El caserío originario del apellido en el cual había un nogal, él desconocía cuál era, pero estaba claro que existía un nexo aunque se perdiera en el tiempo. De la misma manera, pensó, que sus descendientes en el otro continente, si Dios quiere y todo sale bien, podrían no saber de dónde procede exactamente su apellido, pero algo les quedaría, seguro, de esta tierra, de su energía, su nobleza, su fuerza y su fe.

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