Esa tarde de domingo no tuvo que realizar ninguna tarea en el caserío de Irumendi. La verdad es que, desde la muerte de Ama, sus labores en la hacienda familiar habían ido cada vez a menos. Como miembro de la familia que habría de heredar la hacienda, Inaxio, había ido encargándose cada vez más de todas las tareas. Y a él le habían ido dejando tiempo para otras ocupaciones, de manera que pudiera también pensar a qué quería dedicarse cuando Aita ya no estuviera.
Su trabajo diario se reducía, eso sí, a madrugar con Inaxio y Aita para ordeñar las vacas, poner en orden el corral, limpiar el establo, alimentar el ganado y demás trabajos rutinarios que había que realizar en las primeras horas de la jornada.
A mediodía había terminado, y el resto de las faenas de mantenimiento eran desempeñadas principalmente por Inaxio con la supervisión de Aita. Tía Lourdes se encargaba de todas las tareas domésticas propias del caserío, quedándole tiempo por las tardes para dedicarlas al cuidado de la huerta, que era su labor preferida.
A Josemari, como era el más inquieto mentalmente le eran encomendadas todas las cuestiones que requerían un carácter sociable o un desparpajo intelectual. Era el que mejor escribía y el único capaz de seguir una conversación en castellano. Era el primero en representar a su familia cuando la situación lo requería. La diferencia de edad no era un problema, ya que, aunque Inaxio era mayor, sólo se llevaban dos años, y además Josemari era el más alto de los dos.
En algunas ocasiones, si las tareas de mantenimiento lo reclamaban, siempre estaba él presto a ayudar, como podía ocurrir con el parto de una vaca o cualquier otro imprevisto. Pero aquella tarde de domingo nadie perturbó su descanso en el caserío y pudo meditar sobre lo que habría de hablar con D. Francisco para conseguir que lo apoyara.
Su trabajo diario se reducía, eso sí, a madrugar con Inaxio y Aita para ordeñar las vacas, poner en orden el corral, limpiar el establo, alimentar el ganado y demás trabajos rutinarios que había que realizar en las primeras horas de la jornada.

A mediodía había terminado, y el resto de las faenas de mantenimiento eran desempeñadas principalmente por Inaxio con la supervisión de Aita. Tía Lourdes se encargaba de todas las tareas domésticas propias del caserío, quedándole tiempo por las tardes para dedicarlas al cuidado de la huerta, que era su labor preferida.
A Josemari, como era el más inquieto mentalmente le eran encomendadas todas las cuestiones que requerían un carácter sociable o un desparpajo intelectual. Era el que mejor escribía y el único capaz de seguir una conversación en castellano. Era el primero en representar a su familia cuando la situación lo requería. La diferencia de edad no era un problema, ya que, aunque Inaxio era mayor, sólo se llevaban dos años, y además Josemari era el más alto de los dos.
En algunas ocasiones, si las tareas de mantenimiento lo reclamaban, siempre estaba él presto a ayudar, como podía ocurrir con el parto de una vaca o cualquier otro imprevisto. Pero aquella tarde de domingo nadie perturbó su descanso en el caserío y pudo meditar sobre lo que habría de hablar con D. Francisco para conseguir que lo apoyara.


No hay comentarios:
Publicar un comentario