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sábado, 17 de abril de 2010

V. LA PARTIDA


La sonrisa cómplice que D. Francisco esbozó al ver a Josemari tuvo un doble efecto. Por un lado tranquilizador. Probablemente se debiera a que el párroco, conocedor y seguidor de las personas, y sobre todo de sus feligreses, esperaba esta visita. Eso facilitaba las cosas. Pero, por otro lado, a nadie le gusta que lo conozcan tanto, sobre todo cuando se es tan joven. No es agradable pensar que uno está recorriendo los mismos pasos que otros anduvieron y que no existe la capacidad de sorprender. No obstante, Josemari estaba seguro de que esta vez sí que iba a sorprender.
- Kaixo, mutil, ¿zer moduz?- saludó en euskera D. Francisco.
- Bien, D. Francisco, gracias. Si no le importa, desde hoy, quiero hablar en castellano con usted – respondió Josemari.
- Muy bien, y ¿cómo así?, ¿alguna aragonesa guapa ha venido últimamente por Lekaroz? – dijo el párroco.
- No, me temo. Son sólo ganas de conocer mundo- replicó Josemari.
D. Francisco, vasco de mente abierta, aconsejaba en muchas ocasiones a todos sus conocidos y amigos de Lekaroz la apertura hacia el resto del mundo y culturas. Por esta razón vio con buenos ojos el comentario de Josemari y su interés por hablar en castellano. No dijo palabra y dejó hablar al inquieto joven.
- He tomado una decisión: me voy a ir fuera de Lekaroz – dijo pasado un rato Josemari.
- Eso está bien -dijo el párroco-, pero creo que si hubieses decidido irte a Pamplona para trabajar o estudiar, ni tendrías esa cara, ni habrías venido a la Sacristía a contármelo.
- En efecto, dijo Josemari.
El sacerdote terminó de guardar todo en la Sacristía e invitó a salir de allí a Josemari con un gesto claro de que se adelantara hacia la puerta de la iglesia. Mientras el párroco pegaba un último vistazo a la parroquia camino de la salida, le preguntó directamente a Josemari:
- ¿Cómo de claro lo tienes?
A lo que Josemari respondió:
- Muy claro.
- ¿Aita e Inaxio?, añadió D. Francisco.
- Aún no lo saben y creo que no les va gustar mucho – dijo José Maria con gesto compungido.
Tras unos segundos de reflexión, D. Francisco añadió:
- Bueno, pues vamos a hacer una cosa. Vienes esta noche a cenar conmigo y me cuentas todo en detalle, que ahora tengo prisa. ¿De acuerdo?
- Encantado, Don Francisco, y no sabe lo que se lo agradezco- dijo Josemari.
- A ver qué me cuentas esta noche. Vale, agur – se despidió el párroco de Lekaroz.
- Agur, eskerrik asko- se despidió Josemari aliviado porque por fin había encontrado con quien hablar.

Y dicho esto se dirigió al frontón de al lado de la iglesia para jugar el partido de pelota de los domingos, con la sensación de estarse quitando un gran peso de encima con sólo haberlo podido hablar por primera vez con alguien y que ese alguien se prestara a ayudarle.

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