
En la vuelta a Irumendi, pasaron por su cabeza un montón de sensaciones nuevas. Eran sensaciones de motivación en la pelea, de ilusión por lo que habría de luchar y por lo que conseguiría después de esa lucha. A su madre le había oído decir que cuando se hace lo que se debe hacer, siempre queda por lo menos el orgullo de haber sido fiel a uno mismo y a unos ideales. Josemari no le tenía miedo ninguno a poder algún día arrepentirse. Por más que lo había analizado, su sitio no estaba ya en Lekaroz. Fuera como fuese, siempre miraría de frente y nunca miraría para atrás si no era para agradecer lo recibido. Esta actitud en la vida la aprendió de Ama. Y al acordarse de ella le vino el primer pensamiento triste que había tenido desde que decidió empezar con su proyecto de viajar a América. ¡Cómo lamentaba no poder comentar con ella este asunto! ¡Cuanto la echaba de menos! Aunque él, de otro modo, la seguía sintiendo a su lado. Como decía ella, el corazón también nos habla; desde la quietud y siempre que busquemos la verdad. El corazón no entiende de mentiras le decía su Amatxo. Y a través de él podía conseguir todavía hablar con su madre.
Ama le había dicho que la victoria era una actitud, no un resultado. Y había llevado esa convicción hasta el final. Nunca dudó de ello ni aun cuando la muerte se le acercaba. Cuando Josemari había acompañado a sus padres al entierro de su Aitona Fermín, el padre de Ama, ella le dijo que hay personas que mueren porque tienen que morir, porque nada pueden hacer para cambiar ese desenlace, pero que son más grandes que la muerte. Fermín Zabalza Iturbe, había sido una de esas personas. Funcionario de aduanas de profesión siempre encontró la manera de cumplir con lo que le mandaban sus superiores y ayudar a la gente pobre que en tiempos de escasez se veían obligados a comprar en un lado de la frontera y vender en la otra sin poder pagar sus impuestos. El Aitona Fermín siempre había sabido cumplir sus obligaciones, hacer justicia y ser caritativo en la justa medida de sus posibilidades. Ama había admirado a su padre siempre por ello. Y había aprendido de él. Y nunca jamás nadie consiguió impresionarla, ni para bien ni para mal. Ella sabía que todas las personas, al fin y al cabo éramos sólo eso, personas.
Ama le había dicho que la victoria era una actitud, no un resultado. Y había llevado esa convicción hasta el final. Nunca dudó de ello ni aun cuando la muerte se le acercaba. Cuando Josemari había acompañado a sus padres al entierro de su Aitona Fermín, el padre de Ama, ella le dijo que hay personas que mueren porque tienen que morir, porque nada pueden hacer para cambiar ese desenlace, pero que son más grandes que la muerte. Fermín Zabalza Iturbe, había sido una de esas personas. Funcionario de aduanas de profesión siempre encontró la manera de cumplir con lo que le mandaban sus superiores y ayudar a la gente pobre que en tiempos de escasez se veían obligados a comprar en un lado de la frontera y vender en la otra sin poder pagar sus impuestos. El Aitona Fermín siempre había sabido cumplir sus obligaciones, hacer justicia y ser caritativo en la justa medida de sus posibilidades. Ama había admirado a su padre siempre por ello. Y había aprendido de él. Y nunca jamás nadie consiguió impresionarla, ni para bien ni para mal. Ella sabía que todas las personas, al fin y al cabo éramos sólo eso, personas.


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