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sábado, 17 de abril de 2010

IV. DESPUÉS DE MISA



Como era domingo no había que inventar nada para conseguir ver a D. Francisco. A las doce de la mañana iría a misa, como de costumbre. Al terminar la eucaristía, y antes de que le reclamasen para jugar en el frontón la partida de pelota a mano de los domingos, entraría en la Sacristía. Le comentaría a D. Francisco sus intenciones, como quien no quiere la cosa, como quien le dice a un amigo: ¡mira lo que se me ha ocurrido!, ¿a ti qué te parece la idea?

D. Francisco era perspicaz y de naturaleza prudente y reflexiva, y por ello no habría que decirle mucho más. El párroco de Lekaroz nunca fallaba, siempre estaba por y para los demás. ¡Qué comprensivo era este hombre! ¡Cómo le habían servido siempre sus consejos!

Así que allá fue. D. Francisco dio la bendición en latín y añadió "ongi ibili ta on izan", para desear que todo les fuera bien y que fuesen buenos, retirándose a continuación a la sacristía. Allí hubo de atender a las dos feligresas que por diferentes motivos siempre solían acercársele.

Una de las feligresas que se acercó a ver a D. Francisco fue Jesusa Salaberria, que estaba pasando por un trance verdaderamente malo, pues su marido se encontraba en sus últimos días, había enfermado de repente y a ella le iba a tocar irse de Lekaroz en cuanto pasara el funeral. El caserío y las tierras en que vivían ella y su marido eran explotadas por el matrimonio en usufructo otorgado a él. Doña Jesusa quería ver, si la podían acoger en alguna congregación religiosa, a cambio de las pocas propiedades que tenía y de las labores que pudiera realizar mientras tuviera salud.

D. Francisco estaba intentando ayudar a esta mujer, hablando directamente con el Obispado, y esa mañana de domingo le habría de comentar que podría ser en el convento carmelita de Pamplona. Con esas palabras, y lo de fiar que era D. Francisco, Dña. Jesusa pudo descansar algo y dedicarse a cuidar de su marido y acompañarlo en esos momentos tan duros.

Como siempre hacía, D. Francisco se había implicado en los problemas de sus feligreses más que si fuesen sus propios problemas. Josemari confiaba en que este buen párroco rural de vocación pudiera ayudarle en el asunto en que quería embarcarse.

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