D. Francisco era perspicaz y de naturaleza prudente y reflexiva, y por ello no habría que decirle mucho más. El párroco de Lekaroz nunca fallaba, siempre estaba por y para los demás. ¡Qué comprensivo era este hombre! ¡Cómo le habían servido siempre sus consejos!
Así que allá fue. D. Francisco dio la bendición en latín y añadió "ongi ibili ta on izan", para desear que todo les fuera bien y que fuesen buenos, retirándose a continuación a la sacristía. Allí hubo de atender a las dos feligresas que por diferentes motivos siempre solían acercársele.
D. Francisco estaba intentando ayudar a esta mujer, hablando directamente con el Obispado, y esa mañana de domingo le habría de comentar que podría ser en el convento carmelita de Pamplona. Con esas palabras, y lo de fiar que era D. Francisco, Dña. Jesusa pudo descansar algo y dedicarse a cuidar de su marido y acompañarlo en esos momentos tan duros.
Como siempre hacía, D. Francisco se había implicado en los problemas de sus feligreses más que si fuesen sus propios problemas. Josemari confiaba en que este buen párroco rural de vocación pudiera ayudarle en el asunto en que quería embarcarse.


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