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sábado, 17 de abril de 2010

XI. DE VUELTA A CASA

Mientras iba en estos pensamientos, contemplaba el paisaje de vuelta a Irumendi. La subida del valle en esa hora del día por la ladera del monte Orokorri permitía perseguir el sol mientras se ocultaba. Cuando el sol no era tapado por las nubes, podía calcularse el tiempo que tardaría en hacerse de noche mirando por una ventana desde casa de D. Francisco. Si se miraba desde la entrada del comedor, de pie, cuando se empezaba a ver el sol caer a través de la ventana, era el momento de volver al caserío. De esta manera, la salida de la aldea y el inicio de la subida por el monte hasta llegar a la hacienda de Irumendi se podía realizar con luz suficiente. A los terrenos del caserío se entraba desde la parte alta del monte Orokorri, se atravesaba una pequeña porción de bosque, de apenas cien metros y se hallaba ya en el campo abierto perteneciente a Irumendi. Desde allí todavía había que recorrer kilómetro y medio más, pero al ser terrenos del caserío, sin bosque, no requerían de luz solar. Con poco que brillara la luna, iluminaba lo suficiente para llegar hasta casa, sin tropezar con una piedra o un tronco de árbol. Todo esto en el caso, no demasiado habitual, de que hiciese sol. De no ser así, oscurecía antes y la falta de luz y la posible lluvia resultaban peligrosas. De hecho, ya había quedado algún foráneo desorientado en mitad del bosque hasta la mañana siguiente, siendo encontrado en lamentable estado por la ansiedad y el frío pasado durante la noche.
Josemari terminó de perseguir el sol en el alto del monte Orokorri, después de los treinta minutos de subida habituales y se adentraba en el bosque camino del caserío. Diez minutos más y se hallaría con Aita, Inaxio y tía Lourdes, quienes estarían ya a punto de irse a dormir para empezar el lunes con la rutina semanal.
Mientras caminaba por el terreno que le llevaba hasta Irumendi, sintió como si todos los seres que encontraba su alrededor, árboles, pájaros y hasta las ovejas y vacas del establo lo observaran, lo sintieran y lo apoyaran. Todos ellos le decían que si triunfaba en su aventura, sería como si ellos triunfaran con él. Le decían que si no llegaba a sentirse triunfador, que volviera, que allí lo recibirían como alguien capaz de emprender lo que los demás sólo sueñan y no se atreven a iniciar. El tiempo que tardó en llegar al caserío le sirvió para cargarse de energía, para convencerse de que él iba a hacer grande a Irumendi, a Lekaroz y a todo el valle. No podía fallar a los suyos y no lo iba a hacer. Y además, su madre iba a estar siempre con él.
Cuando llegó delante del caserío, se paró un segundo para contemplar el nogal de la entrada. De un nogal como ése procedía su apellido. En algún lugar de habla en euskera, alguien había llamado a sus antepasados los de “debajo del nogal”. El caserío originario del apellido en el cual había un nogal, él desconocía cuál era, pero estaba claro que existía un nexo aunque se perdiera en el tiempo. De la misma manera, pensó, que sus descendientes en el otro continente, si Dios quiere y todo sale bien, podrían no saber de dónde procede exactamente su apellido, pero algo les quedaría, seguro, de esta tierra, de su energía, su nobleza, su fuerza y su fe.

X. AMA


En la vuelta a Irumendi, pasaron por su cabeza un montón de sensaciones nuevas. Eran sensaciones de motivación en la pelea, de ilusión por lo que habría de luchar y por lo que conseguiría después de esa lucha. A su madre le había oído decir que cuando se hace lo que se debe hacer, siempre queda por lo menos el orgullo de haber sido fiel a uno mismo y a unos ideales. Josemari no le tenía miedo ninguno a poder algún día arrepentirse. Por más que lo había analizado, su sitio no estaba ya en Lekaroz. Fuera como fuese, siempre miraría de frente y nunca miraría para atrás si no era para agradecer lo recibido. Esta actitud en la vida la aprendió de Ama. Y al acordarse de ella le vino el primer pensamiento triste que había tenido desde que decidió empezar con su proyecto de viajar a América. ¡Cómo lamentaba no poder comentar con ella este asunto! ¡Cuanto la echaba de menos! Aunque él, de otro modo, la seguía sintiendo a su lado. Como decía ella, el corazón también nos habla; desde la quietud y siempre que busquemos la verdad. El corazón no entiende de mentiras le decía su Amatxo. Y a través de él podía conseguir todavía hablar con su madre.
Ama le había dicho que la victoria era una actitud, no un resultado. Y había llevado esa convicción hasta el final. Nunca dudó de ello ni aun cuando la muerte se le acercaba. Cuando Josemari había acompañado a sus padres al entierro de su Aitona Fermín, el padre de Ama, ella le dijo que hay personas que mueren porque tienen que morir, porque nada pueden hacer para cambiar ese desenlace, pero que son más grandes que la muerte. Fermín Zabalza Iturbe, había sido una de esas personas. Funcionario de aduanas de profesión siempre encontró la manera de cumplir con lo que le mandaban sus superiores y ayudar a la gente pobre que en tiempos de escasez se veían obligados a comprar en un lado de la frontera y vender en la otra sin poder pagar sus impuestos. El Aitona Fermín siempre había sabido cumplir sus obligaciones, hacer justicia y ser caritativo en la justa medida de sus posibilidades. Ama había admirado a su padre siempre por ello. Y había aprendido de él. Y nunca jamás nadie consiguió impresionarla, ni para bien ni para mal. Ella sabía que todas las personas, al fin y al cabo éramos sólo eso, personas.

IX. CONVERSANDO

Una vez hubo preguntado por los demás del caserío de Irumendi, y comprobado que también andaban bien, el cura sirvió la sopa para Josemari y para él, puso la ensalada al alcance de los dos y sirviéndose un vaso de vino, preguntó:
- Y a ver, ¿dónde quieres ir, "mutil"?
- Pues un poco lejos, D. Francisco. Quiero ir a las Américas. Venezuela o la Argentina sería un buen destino, contestó Josemari.
- Entiendo que la perspectiva de tu vida aquí no te gusta, contestó el sacerdote.
- No se trata de eso exactamente. Estoy seguro de que con mi hermano al frente de Irumendi a mí no me iba a faltar de nada, pero tengo ambiciones. Cuando oigo hablar a gente que ha viajado, siento que algo me espera ahí fuera. Los problemas a veces son oportunidades que Dios nos da.
- ¿Y no están las Américas un poco lejos?, musitó el párroco. ¿No sería más fácil ir a París, Madrid, Bilbao, que tampoco los conoces y que ha habido gente que allí les ha ido bien?
Josemari explicó que lo de cruzar el Océano Atlántico le ilusionaba, le iba a hacer sentirse vivo, soñar con las tierras que habría de haber y que algún día, algunas de ellas serian de su propiedad. D. Francisco reconocía la energía propia de la juventud en la manera en que el joven de Irumendi le contaba sus sueños. Sabía que aquello era bueno. La historia de la humanidad también la escribían personas en dificultades. Y el entusiasmo en la juventud era uno de los temas favoritos en la dialéctica de D. Francisco. Para él, el mayor signo de salud de un pueblo o de una sociedad era el valor de la gente joven. Pero embarcarse en un viaje que difícilmente sería de retorno y tenerlo tan claro sin saber si alguien le iba a acompañar podía ser temerario. Así se lo quería hacer ver a Josemari.
- ¿Has pensado en las dificultades que te puedes encontrar? Es valiente tu decisión, pero también mucha gente se ha quedado en el camino. ¿De verdad sabes dónde te metes?
- Lo tengo bastante pensado, D. Francisco, pero lo quiero hacer bien. La cuestión es que yo no me veo como Aita el resto de mi vida. Siempre tendría la duda de por qué no me decidí si veía venir que las oportunidades aquí no iban a ser las mismas que fuera.
El pequeño de los Inchauspe continuó explicando que a él no le ataba nada a Lekaroz porque no tenía hijos que alimentar. Decía que cuando le hablaban de personas que habían salido en busca de fortuna, aun cuando lo habían pasado mal, sentía envidia por su lucha, por su vida con ambiciones. Mientras le hablaba a D. Francisco de sus sueños, de lo que esperaba encontrar, había momentos en los que conseguía contagiar su ilusión al párroco y hacerlo soñar con él, tal era su extraordinario carisma y poder de convicción. Fue una velada agradable. La última vez que cenaría en esa casa. Y así lo sintió cuando se despidió y volvió andando a Irumendi. Había salido bien. Tenía el apoyo del sacerdote. Ahora había que preparar el siguiente paso.

VIII. LA CENA


Cuando Josemari llegó a la casa de D. Francisco, tocó con el llamador a la puerta, pese a encontrarla entreabierta.
- ¡Sartu!, ¡Sartu barrura!, dijo el párroco, animando al muchacho a pasar dentro de la casa.
- Buenas noches, D. Francisco, respondió el recién llegado.
- Buenas noches, amigo. Se me olvidó que querías practicar castellano.
Josemari había entrado ya en la vivienda y se encontraba en el comedor. Conocía bastante la casa de D. Francisco pues cada vez que tenía alguna inquietud de tipo intelectual, el párroco resultaba la persona idónea para comentarla. En esa estancia habían hablado de religión, de política, de literatura... Y Josemari siempre acababa olvidándose de que estaba hablando con un sacerdote de estos temas, tal era la cultura y amplitud mental de D. Francisco.
- La mesa está puesta - dijo D. Francisco desde el interior de la casa-. Sírvete un vaso de vino que ahora mismo te acompaño.
Al minuto de decir esto, el párroco salía de la cocina con una ensalada que acababa de preparar, trayendo el pan con la otra mano. En la mesa ya estaban el vino, el queso de oveja latxa que tomarían como postre y un puchero de sopa de ajo que sería el plato principal de la cena.
D. Francisco se sentó, miró afectuosamente a Josemari, bendijo la mesa e inquirió:
- Cuéntame. ¿Cómo va todo en el caserío?
- Bien, D. Francisco. Aita, ya sabe cómo es, de callado. La verdad es que mucho no habla.
- ¿Habéis notado alguna mejora desde lo de Ama?, insistió el párroco.
- Algo. Tiene menos distracciones, gracias a Dios. El día que insistía en que estábamos en domingo, cuando en realidad era miércoles, pensamos que estaba perdiendo la cabeza. Esas cosas ya no le pasan.
- Hay que entenderlo. Había pasado con tu madre toda la vida y la echaría demasiado de menos para saber en qué día se encontraba. Cuando uno se encuentra así, esas cosas dejan de tener importancia, dijo D. Francisco.
D. Francisco había ayudado mucho a Aita a centrarse de nuevo en el día a día. Compartían aficiones comunes, por la pelota y la pesca en el río, además de que Aita siempre había sido un hombre de mucha fe. De esa manera, quedando algunos días para ir a pescar y hablar de qué pelotari era mejor según cada uno, Aita había empezado a abrirse a D. Francisco y a contarle cómo se sentía y qué le preocupaba. El párroco supo hacerle ver que su vida aún no había acabado y que el tiempo que aguantara en este mundo tenía que seguir ayudando a los que aquí estaban a continuar con su vida.

VII. UN ANTIGUO PÁRROCO


Para Josemari era importante que lo apoyaran. Sabía que el carácter de la gente de Lekaroz podía hacer que le volvieran la espalda si les quedaba alguna duda sobre lo bienintencionado de su decisión. D. Francisco podía ser de mucha ayuda, ya que si el párroco defendía su criterio, nadie del pueblo lo podría juzgar mal abiertamente. La gente de Lekaroz era profundamente cristiana. Y para ellos la opinión de un párroco afincado en el pueblo, iba, nunca mejor dicho, a misa.
En una ocasión, le contó su madre, hubo un sacerdote en Lekaroz que fue trabajándose poco a poco la enemistad de todo el mundo, quizás sin él haberse dado cuenta. Como procedía de una gran ciudad, del mismo Madrid, le había dicho su madre, era sociable y de naturaleza habladora. Confundía, a entender de los lekaroztarras, la obligación de un religioso de velar por los demás y saber de su vida, con la de arreglar las diferenc¡as entre sus feligreses. En alguna ocasión sentó a la mesa, por sorpresa a dos feligreses muy enfrentados entre ellos. En vez de conseguir arreglar la situación, lo que pasó fue que creó nuevos enfrentamientos entre los familiares de uno y otro bando. Con alguna otra historia del mismo tipo, aquel buen hombre empezó a ver cómo se le vaciaba la iglesia en la misa de los domingos. Mi madre decía que era una buena persona, que ella lo había visto ir casa por casa pidiendo disculpas e intentando congraciarse con la gente para que volviera a acudir a sus misas. Pero al final tuvo que intervenir el Obispado y traer un nuevo párroco, que conociera mejor el carácter de la gente de Lekaroz. A aquel sicológicamente magullado sacerdote lo hubo de enviar de nuevo a una ciudad en la que encajara más con el carácter de la gente.
Así que a las siete de la tarde cuando empezó a caminar hacia la casa de D. Francisco, todavía había mucha luz, como correspondía al mes de junio. Aunque a primera hora de la mañana había llovido, el resto del día había sido soleado, con alguna nube solitaria en el cielo, que lo adornaba sin amenazar lluvia.
La bajada de Irumendi hacia el valle donde se asentaba Lekaroz le resultaba en ese momento espectacular, pero mientras se dirigía a la casa del cura, esta vista no lo llenaba de melancolía. Al contrario, le motivaba demostrar que la gente de este lugar podía ser grande en el mundo. Él quería ser un lekaroztarra universal.
Llegar a Lekaroz suponía veinticinco minutos a pie, pero lo que más costaba era la vuelta, que suponían cuarenta minutos por ser cuesta arriba. La casa donde vivía D. Francisco, que se encontraba a la entrada de la aldea, pertenecía al Obispado de Pamplona. En ella se hospedaba habitualmente el responsable de la parroquia de Lekaroz con el cuidado de alguna viuda que le echaba una mano en las tareas domésticas.

VI. IRUMENDI

Esa tarde de domingo no tuvo que realizar ninguna tarea en el caserío de Irumendi. La verdad es que, desde la muerte de Ama, sus labores en la hacienda familiar habían ido cada vez a menos. Como miembro de la familia que habría de heredar la hacienda, Inaxio, había ido encargándose cada vez más de todas las tareas. Y a él le habían ido dejando tiempo para otras ocupaciones, de manera que pudiera también pensar a qué quería dedicarse cuando Aita ya no estuviera.
Su trabajo diario se reducía, eso sí, a madrugar con Inaxio y Aita para ordeñar las vacas, poner en orden el corral, limpiar el establo, alimentar el ganado y demás trabajos rutinarios que había que realizar en las primeras horas de la jornada.
A mediodía había terminado, y el resto de las faenas de mantenimiento eran desempeñadas principalmente por Inaxio con la supervisión de Aita. Tía Lourdes se encargaba de todas las tareas domésticas propias del caserío, quedándole tiempo por las tardes para dedicarlas al cuidado de la huerta, que era su labor preferida.
A Josemari, como era el más inquieto mentalmente le eran encomendadas todas las cuestiones que requerían un carácter sociable o un desparpajo intelectual. Era el que mejor escribía y el único capaz de seguir una conversación en castellano. Era el primero en representar a su familia cuando la situación lo requería. La diferencia de edad no era un problema, ya que, aunque Inaxio era mayor, sólo se llevaban dos años, y además Josemari era el más alto de los dos.
En algunas ocasiones, si las tareas de mantenimiento lo reclamaban, siempre estaba él presto a ayudar, como podía ocurrir con el parto de una vaca o cualquier otro imprevisto. Pero aquella tarde de domingo nadie perturbó su descanso en el caserío y pudo meditar sobre lo que habría de hablar con D. Francisco para conseguir que lo apoyara.

V. LA PARTIDA


La sonrisa cómplice que D. Francisco esbozó al ver a Josemari tuvo un doble efecto. Por un lado tranquilizador. Probablemente se debiera a que el párroco, conocedor y seguidor de las personas, y sobre todo de sus feligreses, esperaba esta visita. Eso facilitaba las cosas. Pero, por otro lado, a nadie le gusta que lo conozcan tanto, sobre todo cuando se es tan joven. No es agradable pensar que uno está recorriendo los mismos pasos que otros anduvieron y que no existe la capacidad de sorprender. No obstante, Josemari estaba seguro de que esta vez sí que iba a sorprender.
- Kaixo, mutil, ¿zer moduz?- saludó en euskera D. Francisco.
- Bien, D. Francisco, gracias. Si no le importa, desde hoy, quiero hablar en castellano con usted – respondió Josemari.
- Muy bien, y ¿cómo así?, ¿alguna aragonesa guapa ha venido últimamente por Lekaroz? – dijo el párroco.
- No, me temo. Son sólo ganas de conocer mundo- replicó Josemari.
D. Francisco, vasco de mente abierta, aconsejaba en muchas ocasiones a todos sus conocidos y amigos de Lekaroz la apertura hacia el resto del mundo y culturas. Por esta razón vio con buenos ojos el comentario de Josemari y su interés por hablar en castellano. No dijo palabra y dejó hablar al inquieto joven.
- He tomado una decisión: me voy a ir fuera de Lekaroz – dijo pasado un rato Josemari.
- Eso está bien -dijo el párroco-, pero creo que si hubieses decidido irte a Pamplona para trabajar o estudiar, ni tendrías esa cara, ni habrías venido a la Sacristía a contármelo.
- En efecto, dijo Josemari.
El sacerdote terminó de guardar todo en la Sacristía e invitó a salir de allí a Josemari con un gesto claro de que se adelantara hacia la puerta de la iglesia. Mientras el párroco pegaba un último vistazo a la parroquia camino de la salida, le preguntó directamente a Josemari:
- ¿Cómo de claro lo tienes?
A lo que Josemari respondió:
- Muy claro.
- ¿Aita e Inaxio?, añadió D. Francisco.
- Aún no lo saben y creo que no les va gustar mucho – dijo José Maria con gesto compungido.
Tras unos segundos de reflexión, D. Francisco añadió:
- Bueno, pues vamos a hacer una cosa. Vienes esta noche a cenar conmigo y me cuentas todo en detalle, que ahora tengo prisa. ¿De acuerdo?
- Encantado, Don Francisco, y no sabe lo que se lo agradezco- dijo Josemari.
- A ver qué me cuentas esta noche. Vale, agur – se despidió el párroco de Lekaroz.
- Agur, eskerrik asko- se despidió Josemari aliviado porque por fin había encontrado con quien hablar.

Y dicho esto se dirigió al frontón de al lado de la iglesia para jugar el partido de pelota de los domingos, con la sensación de estarse quitando un gran peso de encima con sólo haberlo podido hablar por primera vez con alguien y que ese alguien se prestara a ayudarle.

IV. DESPUÉS DE MISA



Como era domingo no había que inventar nada para conseguir ver a D. Francisco. A las doce de la mañana iría a misa, como de costumbre. Al terminar la eucaristía, y antes de que le reclamasen para jugar en el frontón la partida de pelota a mano de los domingos, entraría en la Sacristía. Le comentaría a D. Francisco sus intenciones, como quien no quiere la cosa, como quien le dice a un amigo: ¡mira lo que se me ha ocurrido!, ¿a ti qué te parece la idea?

D. Francisco era perspicaz y de naturaleza prudente y reflexiva, y por ello no habría que decirle mucho más. El párroco de Lekaroz nunca fallaba, siempre estaba por y para los demás. ¡Qué comprensivo era este hombre! ¡Cómo le habían servido siempre sus consejos!

Así que allá fue. D. Francisco dio la bendición en latín y añadió "ongi ibili ta on izan", para desear que todo les fuera bien y que fuesen buenos, retirándose a continuación a la sacristía. Allí hubo de atender a las dos feligresas que por diferentes motivos siempre solían acercársele.

Una de las feligresas que se acercó a ver a D. Francisco fue Jesusa Salaberria, que estaba pasando por un trance verdaderamente malo, pues su marido se encontraba en sus últimos días, había enfermado de repente y a ella le iba a tocar irse de Lekaroz en cuanto pasara el funeral. El caserío y las tierras en que vivían ella y su marido eran explotadas por el matrimonio en usufructo otorgado a él. Doña Jesusa quería ver, si la podían acoger en alguna congregación religiosa, a cambio de las pocas propiedades que tenía y de las labores que pudiera realizar mientras tuviera salud.

D. Francisco estaba intentando ayudar a esta mujer, hablando directamente con el Obispado, y esa mañana de domingo le habría de comentar que podría ser en el convento carmelita de Pamplona. Con esas palabras, y lo de fiar que era D. Francisco, Dña. Jesusa pudo descansar algo y dedicarse a cuidar de su marido y acompañarlo en esos momentos tan duros.

Como siempre hacía, D. Francisco se había implicado en los problemas de sus feligreses más que si fuesen sus propios problemas. Josemari confiaba en que este buen párroco rural de vocación pudiera ayudarle en el asunto en que quería embarcarse.

III. D. FRANCISCO

La primera persona a la que se lo comentaría era a D. Francisco, párroco de Lekaroz, quien habría de ayudarle, pensaba Josemari, a hacer bien las cosas, empezando por afrontar el decírselo a Inaxio, y sobre todo a Aita. Además podía ayudarle a mejorar su castellano, algo necesario si se confirmaba como destino de su viaje algún punto de América del Sur.

Francisco Ortiz de Azkarate Echeberria era oriundo de Vitoria, primogénito de una familia con abolengo. De hecho, él hubo de pasar por circunstancias complicadas con su familia, cuando decidió entrar en el Seminario de Vitoria para ordenarse sacerdote. Su familia era muy religiosa, de hecho, anteriormente, una hermana había decidido ingresar en el Carmelo.

Con D. Francisco el asunto era más delicado, por ser el primógenito y el único varón, con tres hermanas. Su opción por la vida sacerdotal implicaba la desvinculación del Condado de Azkarate a su familia, ya que por derecho consuetudinario (lege zaharrak antes mencionadas) el condado debía recaer en un varón. Su padre no tenía hermanos y el título iría a parar a un primo segundo al que él no había visto en su vida.

Todo lo dicho, sin mencionar que Don Francisco estaba comprometido con una chica de muy buena familia de Haro, quien, sin duda, podría rehacer su vida, debido a su juventud y a que aquella relación había sido llevada con todo el recato al que ambos estaban obligados. El asunto delicado era que la familia de su prometida había visto con muy buenos ojos aquella unión y los vínculos de amistad existentes entre las familias se habían agrandado.


Don Francisco vio muy clara su vocación sacerdotal y de servicio al prójimo, y como él mismo confesaba, no podía obviar esa vocación, habría sido lo peor para todos. Y el tiempo le acabó dando la razón. Por eso, Josemari confiaba en encontrar apoyo en él.

II. OBSTÁCULOS

Sabía que muchos no lo aprobarían, que no lo iban a entender. Él tenía posibilidad de hacer otras cosas; tenía familia comerciante y emprendedora, con quien podría trabajar cuando Aita muriera e Inaxio heredara como primogénito el caserío y la finca familiar. No tenía que irse tan lejos. Además, su hermano iba a necesitar ayuda para sacar el caserío adelante. Pero igualmente sabía que pocos se atreverían a decirle algo, porque él, para eso, era de un marcado carácter vasco y de montaña. Cuanta más oposición encontrara más se reafirmaría en su intención. La decisión estaba tomada "eta kito", que era como en euskera se expresaba lo de “como sigas insistiendo, entraremos en terreno peligroso”.

De este modo, cuando tomó la decisión, supo que además, lo haría, lo que en muchas ocasiones, para otro tipo de gente no significa lo mismo. Ahora la cuestión era hacerlo bien, no dejar a Aita con más dolor del debido. Ya había sufrido mucho desde la muerte de Ama. La ayuda de su hermana Lourdes para sacar adelante el caserío había resultado muy buena en lo que a la hacienda se refiere. Pero la herida de Aita era muy profunda, algo que sólo podía llevar con la ayuda de su fe y con la idea de que más pronto que tarde se reuniría con Ama.


Aquellas circunstancias podían tener menor influencia sobre Inaxio, su hermano. Él era un Inchauspe de los de siempre, apegado a su tierra y su familia, de ese tipo de personas que acaban con la paciencia de cualquiera que pretenda hacerlos cambiar. Inaxio crearía una familia en Lekaroz y habitaría en el caserío familiar con un gran letrero en el cuarto de estar “Jaungoikoa ta lege zaharrak”, como una advertencia a todo el que allí se sentara de que no sería bienvenido quien no respetara a nuestro Señor en el Cielo y las leyes antiguas.

El hecho de que la hacienda familiar perteneciera a Inaxio a la muerte de Aita no era discutible, ni por Inaxio, ni por él mismo. Esa finca era el símbolo de su familia y no podía segmentarse. Se la quedaría Inaxio y Josemari estaría orgulloso de ello. De hecho, detrás de esta ilusión de viajar estaba el poder crear Irumendi Berri allá donde viajara.

I. LA DECISION

Una mañana de domingo se levantó y lo vio claro, como cuando la mente rebela una evidencia, y parece tener vida propia. Durante mucho tiempo le había estado dando vueltas y no había terminado de tomar la decisión. Sabía que tenía la edad de hacerlo, diecinueve años en agosto, o por lo menos la edad de decidirse, aunque tardara en llevarlo a cabo. Él no era de esa clase de personas que ven que un problema se les echa encima y no hacen nada por evitarlo.

El valle es verdaderamente bonito, el sitio más bonito en el que un hombre puede vivir, pero aquí la vida que le esperaba no era una vida de éxito. Además, siempre tendría la ilusión de volver algún día, habiendo triunfado, habiendo conseguido hacer dinero y proponerle matrimonio a alguna de las niñas de la aldea, que para entonces ya serían mujeres.

Podía intentarlo en París, como su amigo Sabino, o en Pamplona, como el hermano mayor de su padre, pero para él eso no era apostar fuerte. Para eso prefería quedarse en Lekaroz, que era su cuna. Aunque no tuviera un próspero futuro, sobreviviría. Él quería ir más lejos, a un sitio de verdad lejano donde sólo iba la gente valiente como él. Un sitio donde echar raíces y llevar su apellido, su casa. Él quería embarcarse.