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sábado, 24 de julio de 2010

XII. LA CORRESPONDENCIA


En los días que siguieron a la conversación con D. Francisco, al contrario de lo que él mismo esperaba, Josemari experimentó sosiego. La aprobación del párroco había sido un paso firme hacia adelante, pero como se trataba de un plan de vida, no cabía tener prisa. Pensaba que la oportunidad de decírselo a Aita llegaría tarde o temprano. Así que aparcó el asunto y empezó a centrarse en lo que en Irumendi pudieran necesitar de él.
El verano se acercaba y esto le daría la oportunidad de moverse por las fiestas de las localidades de alrededor de Lekaroz. Sin prisa, pero sin pausa quería empezar a buscar a alguien que tuviese un hermano o un tío en algún punto de América del Sur. La intención era aprender qué asuntos son importantes antes de embarcarse en una aventura como ésa.
Aunque difícilmente el viaje de ida a las Américas se podía hacer de vuelta, algunos mantenían contacto por escrito. Sólo se podía aspirar a enviar noticias una vez al año, si las cosas iban bien; suficiente para comunicar que se seguía con vida y que se tenía buena salud. Mucha gente de esta tierra sabía que un vasco no era amigo de contar penas a su familia. Así que si hubiesen enfermado o lo estuviesen pasando mal, seguirían igualmente contando que todo iba viento en popa. En alguna ocasión, la única mala noticia era no recibir noticias. Ello podía significar que se estaba muy enfermo, que no se disponía de dinero para enviar una carta o secillamente que ya no se encontraba en este mundo. Además, muchos de los que habían ido con anterioridad no sabían leer y escribir, así que tenían que recurrir a alguien para que escribiera de su parte la epístola, confiando en que fueran leales y no escribieran otra cosa.
No obstante, Josemari tenía una intuición profunda de que su periplo saldría bien y de que él podría escribir con más frecuencia y que lo que contaría sería bueno y sincero.