
Cuando Josemari llegó a la casa de D. Francisco, tocó con el llamador a la puerta, pese a encontrarla entreabierta.
- ¡Sartu!, ¡Sartu barrura!, dijo el párroco, animando al muchacho a pasar dentro de la casa.
- Buenas noches, D. Francisco, respondió el recién llegado.
- Buenas noches, amigo. Se me olvidó que querías practicar castellano.
Josemari había entrado ya en la vivienda y se encontraba en el comedor. Conocía bastante la casa de D. Francisco pues cada vez que tenía alguna inquietud de tipo intelectual, el párroco resultaba la persona idónea para comentarla. En esa estancia habían hablado de religión, de política, de literatura... Y Josemari siempre acababa olvidándose de que estaba hablando con un sacerdote de estos temas, tal era la cultura y amplitud mental de D. Francisco.
- La mesa está puesta - dijo D. Francisco desde el interior de la casa-. Sírvete un vaso de vino que ahora mismo te acompaño.
Al minuto de decir esto, el párroco salía de la cocina con una ensalada que acababa de preparar, trayendo el pan con la otra mano. En la mesa ya estaban el vino, el queso de oveja latxa que tomarían como postre y un puchero de sopa de ajo que sería el plato principal de la cena.
D. Francisco se sentó, miró afectuosamente a Josemari, bendijo la mesa e inquirió:
- Cuéntame. ¿Cómo va todo en el caserío?
- Bien, D. Francisco. Aita, ya sabe cómo es, de callado. La verdad es que mucho no habla.
- ¿Habéis notado alguna mejora desde lo de Ama?, insistió el párroco.
- Algo. Tiene menos distracciones, gracias a Dios. El día que insistía en que estábamos en domingo, cuando en realidad era miércoles, pensamos que estaba perdiendo la cabeza. Esas cosas ya no le pasan.
- Hay que entenderlo. Había pasado con tu madre toda la vida y la echaría demasiado de menos para saber en qué día se encontraba. Cuando uno se encuentra así, esas cosas dejan de tener importancia, dijo D. Francisco.
D. Francisco había ayudado mucho a Aita a centrarse de nuevo en el día a día. Compartían aficiones comunes, por la pelota y la pesca en el río, además de que Aita siempre había sido un hombre de mucha fe. De esa manera, quedando algunos días para ir a pescar y hablar de qué pelotari era mejor según cada uno, Aita había empezado a abrirse a D. Francisco y a contarle cómo se sentía y qué le preocupaba. El párroco supo hacerle ver que su vida aún no había acabado y que el tiempo que aguantara en este mundo tenía que seguir ayudando a los que aquí estaban a continuar con su vida.
- ¡Sartu!, ¡Sartu barrura!, dijo el párroco, animando al muchacho a pasar dentro de la casa.
- Buenas noches, D. Francisco, respondió el recién llegado.
- Buenas noches, amigo. Se me olvidó que querías practicar castellano.
Josemari había entrado ya en la vivienda y se encontraba en el comedor. Conocía bastante la casa de D. Francisco pues cada vez que tenía alguna inquietud de tipo intelectual, el párroco resultaba la persona idónea para comentarla. En esa estancia habían hablado de religión, de política, de literatura... Y Josemari siempre acababa olvidándose de que estaba hablando con un sacerdote de estos temas, tal era la cultura y amplitud mental de D. Francisco.
- La mesa está puesta - dijo D. Francisco desde el interior de la casa-. Sírvete un vaso de vino que ahora mismo te acompaño.

Al minuto de decir esto, el párroco salía de la cocina con una ensalada que acababa de preparar, trayendo el pan con la otra mano. En la mesa ya estaban el vino, el queso de oveja latxa que tomarían como postre y un puchero de sopa de ajo que sería el plato principal de la cena.
D. Francisco se sentó, miró afectuosamente a Josemari, bendijo la mesa e inquirió:
- Cuéntame. ¿Cómo va todo en el caserío?
- Bien, D. Francisco. Aita, ya sabe cómo es, de callado. La verdad es que mucho no habla.
- ¿Habéis notado alguna mejora desde lo de Ama?, insistió el párroco.
- Algo. Tiene menos distracciones, gracias a Dios. El día que insistía en que estábamos en domingo, cuando en realidad era miércoles, pensamos que estaba perdiendo la cabeza. Esas cosas ya no le pasan.
- Hay que entenderlo. Había pasado con tu madre toda la vida y la echaría demasiado de menos para saber en qué día se encontraba. Cuando uno se encuentra así, esas cosas dejan de tener importancia, dijo D. Francisco.
D. Francisco había ayudado mucho a Aita a centrarse de nuevo en el día a día. Compartían aficiones comunes, por la pelota y la pesca en el río, además de que Aita siempre había sido un hombre de mucha fe. De esa manera, quedando algunos días para ir a pescar y hablar de qué pelotari era mejor según cada uno, Aita había empezado a abrirse a D. Francisco y a contarle cómo se sentía y qué le preocupaba. El párroco supo hacerle ver que su vida aún no había acabado y que el tiempo que aguantara en este mundo tenía que seguir ayudando a los que aquí estaban a continuar con su vida.


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