Una vez hubo preguntado por los demás del caserío de Irumendi, y comprobado que también andaban bien, el cura sirvió la sopa para Josemari y para él, puso la ensalada al alcance de los dos y sirviéndose un vaso de vino, preguntó:
- Y a ver, ¿dónde quieres ir, "mutil"?
- Pues un poco lejos, D. Francisco. Quiero ir a las Américas. Venezuela o la Argentina sería un buen destino, contestó Josemari.
- Entiendo que la perspectiva de tu vida aquí no te gusta, contestó el sacerdote.
- No se trata de eso exactamente. Estoy seguro de que con mi hermano al frente de Irumendi a mí no me iba a faltar de nada, pero tengo ambiciones. Cuando oigo hablar a gente que ha viajado, siento que algo me espera ahí fuera. Los problemas a veces son oportunidades que Dios nos da.
- ¿Y no están las Américas un poco lejos?, musitó el párroco. ¿No sería más fácil ir a París, Madrid, Bilbao, que tampoco los conoces y que ha habido gente que allí les ha ido bien?
Josemari explicó que lo de cruzar el Océano Atlántico le ilusionaba, le iba a hacer sentirse vivo, soñar con las tierras que habría de haber y que algún día, algunas de ellas serian de su propiedad. D. Francisco reconocía la energía propia de la juventud en la manera en que el joven de Irumendi le contaba sus sueños. Sabía que aquello era bueno. La historia de la humanidad también la escribían personas en dificultades. Y el entusiasmo en la juventud era uno de los temas favoritos en la dialéctica de D. Francisco. Para él, el mayor signo de salud de un pueblo o de una sociedad era el valor de la gente joven. Pero embarcarse en un viaje que difícilmente sería de retorno y tenerlo tan claro sin saber si alguien le iba a acompañar podía ser temerario. Así se lo quería hacer ver a Josemari.
- ¿Has pensado en las dificultades que te puedes encontrar? Es valiente tu decisión, pero también mucha gente se ha quedado en el camino. ¿De verdad sabes dónde te metes?
- Lo tengo bastante pensado, D. Francisco, pero lo quiero hacer bien. La cuestión es que yo no me veo como Aita el resto de mi vida. Siempre tendría la duda de por qué no me decidí si veía venir que las oportunidades aquí no iban a ser las mismas que fuera.
El pequeño de los Inchauspe continuó explicando que a él no le ataba nada a Lekaroz porque no tenía hijos que alimentar. Decía que cuando le hablaban de personas que habían salido en busca de fortuna, aun cuando lo habían pasado mal, sentía envidia por su lucha, por su vida con ambiciones. Mientras le hablaba a D. Francisco de sus sueños, de lo que esperaba encontrar, había momentos en los que conseguía contagiar su ilusión al párroco y hacerlo soñar con él, tal era su extraordinario carisma y poder de convicción. Fue una velada agradable. La última vez que cenaría en esa casa. Y así lo sintió cuando se despidió y volvió andando a Irumendi. Había salido bien. Tenía el apoyo del sacerdote. Ahora había que preparar el siguiente paso.
- Y a ver, ¿dónde quieres ir, "mutil"?
- Pues un poco lejos, D. Francisco. Quiero ir a las Américas. Venezuela o la Argentina sería un buen destino, contestó Josemari.
- Entiendo que la perspectiva de tu vida aquí no te gusta, contestó el sacerdote.
- No se trata de eso exactamente. Estoy seguro de que con mi hermano al frente de Irumendi a mí no me iba a faltar de nada, pero tengo ambiciones. Cuando oigo hablar a gente que ha viajado, siento que algo me espera ahí fuera. Los problemas a veces son oportunidades que Dios nos da.
- ¿Y no están las Américas un poco lejos?, musitó el párroco. ¿No sería más fácil ir a París, Madrid, Bilbao, que tampoco los conoces y que ha habido gente que allí les ha ido bien?
Josemari explicó que lo de cruzar el Océano Atlántico le ilusionaba, le iba a hacer sentirse vivo, soñar con las tierras que habría de haber y que algún día, algunas de ellas serian de su propiedad. D. Francisco reconocía la energía propia de la juventud en la manera en que el joven de Irumendi le contaba sus sueños. Sabía que aquello era bueno. La historia de la humanidad también la escribían personas en dificultades. Y el entusiasmo en la juventud era uno de los temas favoritos en la dialéctica de D. Francisco. Para él, el mayor signo de salud de un pueblo o de una sociedad era el valor de la gente joven. Pero embarcarse en un viaje que difícilmente sería de retorno y tenerlo tan claro sin saber si alguien le iba a acompañar podía ser temerario. Así se lo quería hacer ver a Josemari.
- ¿Has pensado en las dificultades que te puedes encontrar? Es valiente tu decisión, pero también mucha gente se ha quedado en el camino. ¿De verdad sabes dónde te metes?
- Lo tengo bastante pensado, D. Francisco, pero lo quiero hacer bien. La cuestión es que yo no me veo como Aita el resto de mi vida. Siempre tendría la duda de por qué no me decidí si veía venir que las oportunidades aquí no iban a ser las mismas que fuera.
El pequeño de los Inchauspe continuó explicando que a él no le ataba nada a Lekaroz porque no tenía hijos que alimentar. Decía que cuando le hablaban de personas que habían salido en busca de fortuna, aun cuando lo habían pasado mal, sentía envidia por su lucha, por su vida con ambiciones. Mientras le hablaba a D. Francisco de sus sueños, de lo que esperaba encontrar, había momentos en los que conseguía contagiar su ilusión al párroco y hacerlo soñar con él, tal era su extraordinario carisma y poder de convicción. Fue una velada agradable. La última vez que cenaría en esa casa. Y así lo sintió cuando se despidió y volvió andando a Irumendi. Había salido bien. Tenía el apoyo del sacerdote. Ahora había que preparar el siguiente paso.


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