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sábado, 17 de abril de 2010

VII. UN ANTIGUO PÁRROCO


Para Josemari era importante que lo apoyaran. Sabía que el carácter de la gente de Lekaroz podía hacer que le volvieran la espalda si les quedaba alguna duda sobre lo bienintencionado de su decisión. D. Francisco podía ser de mucha ayuda, ya que si el párroco defendía su criterio, nadie del pueblo lo podría juzgar mal abiertamente. La gente de Lekaroz era profundamente cristiana. Y para ellos la opinión de un párroco afincado en el pueblo, iba, nunca mejor dicho, a misa.
En una ocasión, le contó su madre, hubo un sacerdote en Lekaroz que fue trabajándose poco a poco la enemistad de todo el mundo, quizás sin él haberse dado cuenta. Como procedía de una gran ciudad, del mismo Madrid, le había dicho su madre, era sociable y de naturaleza habladora. Confundía, a entender de los lekaroztarras, la obligación de un religioso de velar por los demás y saber de su vida, con la de arreglar las diferenc¡as entre sus feligreses. En alguna ocasión sentó a la mesa, por sorpresa a dos feligreses muy enfrentados entre ellos. En vez de conseguir arreglar la situación, lo que pasó fue que creó nuevos enfrentamientos entre los familiares de uno y otro bando. Con alguna otra historia del mismo tipo, aquel buen hombre empezó a ver cómo se le vaciaba la iglesia en la misa de los domingos. Mi madre decía que era una buena persona, que ella lo había visto ir casa por casa pidiendo disculpas e intentando congraciarse con la gente para que volviera a acudir a sus misas. Pero al final tuvo que intervenir el Obispado y traer un nuevo párroco, que conociera mejor el carácter de la gente de Lekaroz. A aquel sicológicamente magullado sacerdote lo hubo de enviar de nuevo a una ciudad en la que encajara más con el carácter de la gente.
Así que a las siete de la tarde cuando empezó a caminar hacia la casa de D. Francisco, todavía había mucha luz, como correspondía al mes de junio. Aunque a primera hora de la mañana había llovido, el resto del día había sido soleado, con alguna nube solitaria en el cielo, que lo adornaba sin amenazar lluvia.
La bajada de Irumendi hacia el valle donde se asentaba Lekaroz le resultaba en ese momento espectacular, pero mientras se dirigía a la casa del cura, esta vista no lo llenaba de melancolía. Al contrario, le motivaba demostrar que la gente de este lugar podía ser grande en el mundo. Él quería ser un lekaroztarra universal.
Llegar a Lekaroz suponía veinticinco minutos a pie, pero lo que más costaba era la vuelta, que suponían cuarenta minutos por ser cuesta arriba. La casa donde vivía D. Francisco, que se encontraba a la entrada de la aldea, pertenecía al Obispado de Pamplona. En ella se hospedaba habitualmente el responsable de la parroquia de Lekaroz con el cuidado de alguna viuda que le echaba una mano en las tareas domésticas.

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